El cadáver está sobre la mesa.
No es una metáfora. No es una figura literaria. No es uno de esos recursos de novelista gótico que aparecen en las primeras páginas para crear ambiente. No. Aquí el cadáver está de verdad. Frío. Rígido. El cuello torcido con un ángulo imposible.
Y alrededor, hombres vivos.
Hombres con chaquetas negras. Hombres con sombreros. Hombres que hablan en voz baja y miran el cuerpo como si esperaran que… bueno… que el muerto hiciera algo.
Y a veces, lo hacía. O al menos, eso nos cuentan las crónicas. Porque durante siglos —sí, siglos— hubo tribunales, jueces, médicos y gentes de todo cuño, convencidos de algo extraordinario: que los muertos podían acusar a sus asesinos.
No hablamos de una metáfora de las ciencias criminalistas que encuentran en el cadáver y la escena del crimen las pruebas que permiten dar con el criminal.
Ni tampoco de la poética visión de la justicia.
Hablamos, literalmente, de un cadáver acusando a quien lo mató.





































