El crimen del carnaval de Pechina, un suceso que traemos a la memoria para recordar la débil frontera que separa la convivencia cívica de la deshumanización salvaje. Y cómo, la madera, antes de romper cruje.
En cuanto recordemos la historia, sabréis porque digo esto.
Corría el año 36, el mismo en el que estallaría la Guerra Civil. Y en Almería, como en muchos otros lugares, escribíamos el trágico prólogo. Fue el 23 de febrero, cuando en la pensión “El Garabato”, situada en la calle Espronceda, cerda la plaza, los vecinos ultimaban los detalles del pasacalles de carnaval.
Hacía una semana que las elecciones generales habían dado un polémico triunfo al Frente Popular y los ánimos, en especial entre los grupos de izquierdas que clamaban por una revolución, estaban bastante encendidos.
Y en estas que en el carnaval se había preparado una figura de paja, la cual sería eje central del pasacalles y luego ardería. Esta figura, según unos, representaba a un tal Jacinto, un vecino del pueblo al que se quería humillar; y según otros, a Gil Robles, el abogado y político de derechas que había sido Ministro de Guerra en el 35. Esta hipótesis es la probable, dado que la comitiva decidió parar frente al cuartel de la Guardia Civil, en tono burlón y provocativo.
Uno de los Guardias Civiles, Sebastián López, les pide que se marchen de allí. Sin embargo, el grupo carnavalesco se niega y tapona la entrada al cuartel. Los ánimos se caldean y el Guardia desenfunda su pistola y efectúa varios disparos al aire. Este gesto enciende la mecha y se inicia un tiroteo en el que muere un albañil y activista de izquierdas, Indalecio García Góngora, de 32 años, conocido como “el marujo”. También José Díaz García, de 27 años, quien es víctima de una bala perdida que le alcanzó mientras regresaba a casa en compañía de su padre.
Según se dijo, Indalecio García Góngora lleva consigo una pistola y dos cargadores, aunque nunca llegó a hacer uso de la misma.
Pero aquí, no acaba la historia. La venganza de la familia de Indalecio García llegó durante la Guerra Civil, nada más estallar la misma, cuando consiguieron llevar por la fuerza al Guardia Civil, Sebastián López, hasta las afueras de Pechina, junto al río. Allí, fue ejecutado de un disparo por el hijo de Indalecio García, un adolescente de tan solo catorce años a quien su propia abuela, madre del finado Indalecio García, le proporcionó la pistola al menor para asesinar al agente.
Un caso sobre el que siempre recayó la sombra del carácter político del mismo, y que convendría recordar en tiempos de confrontación y guerra-civilismo. En una época en la que pretenden dividir la sociedad en bandos irreconciliables y en la que parece que exista una fijación contumaz con repetir la historia, conviene recordar el pasado para aprender y sobre todo recordar aquella frase de Mahatma Gandhi: <





































