Que esto no salga de aquí, ¿me oye? Hágase cuenta de que a usted le amordaza algo parecido al secreto de confesión. Presencia de cura la tiene ya, no lo tome a mal. Y ni se le pase por la cabeza consignar en el acta de tutoría cuanto una servidora vaya desembaulando en esta inopinada entrevista. Invente algo. Por falta de ingenio no será. A juzgar por las paridas que publica cada viernes en el diario y encasqueta en el Classroom a los chicos con la vana esperanza de que ellos sí le leerán, a usted le basta y le sobra imaginación para fabular más cuentos que Sherezade. Y si no, a unas malas, recurra a la inteligencia artificial, como hacen en los exámenes mis gemelos. Aunque al parecer no con la suficiente eficiencia como para obtener una calificación más alta que la de un triste suficiente en la asignatura que usted les imparte. La misma, por cierto, que yo impartí hasta que me jubilé hará dos años por noviembre, gracias a ser funcionaria de clases pasivas y a mis cerca de cuatro décadas enseñando el análisis sintáctico tradicional a chicos a los que les importaba un bledo la gramática. Fui profesional de la paradoja, pues toda la vida odié los libros. Solo leí los de la carrera y no todos. Igual que la mayoría de mis compañeros, a usted qué le voy a contar que usted no sepa. Conque una sería muy injusta si arrogara esa apatía de mis hijos hacia los estudios exclusivamente a la herencia genética del padre. Aun no habiendo sido un Einstein el onanista que cobraba cincuenta euros por donar los níveos frutos del cinco contra uno de la inseminación artificial, quiero creer que las cortas luces de Cosme y Damián son más bien un doble espejo de Lola, su madre, solo que agravado por la alergia al trabajo.
Pues bien, iré al grano. No comparezco en virtud de profesora sino de madre, una madre tirando a abuela que no piensa enfundarse el pijama de madera sin antes haber instalado a sus hijos en un estatus social que les permita reírse del mundo, ya se lo merezcan o no. Repito, ya se lo merezcan o no. No digo más. A buen entendedor… Le aconsejo que deje de darse testarazos contra la realidad y renuncie al ideal de transmitir conocimientos y espíritu crítico a la juventud. La educación secundaria y la universidad no son más que fábricas para expedir títulos y mover dinero. Hoy me ha dado el santo, pero confío en que sepa usted darme una alegría antes de que nos quitemos el sayo.





































