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Eran las siete menos cinco, las siete menos cinco en todos los relojes, las siete menos cinco de la tarde. Preciosa no se incorporó de la butaca 8 de la fila H hasta que hubo terminado de izarse por la pantalla de la sala 7 el último título de crédito. Nublaba todavía el alma de la chiquilla una trama tal de pensamientos, emociones y sentimientos brotados en el curso de las casi tres horas de película, que sus exiguos conocimientos estéticos apenas si podían bautizar, y menos, distinguir o clasificar. A decir verdad, de poco o ningún provecho podrían haberle servido los comentarios de su amiga Cristina, quien, a diferencia de Preciosa, pecaba de escasa discreción y solía mostrarse más impulsiva, si bien ahora también ella permanecía sentada en la butaca de al lado, solo que aplaudiendo a rabiar al compás del público que abarrotaba la sala, menos en los tris en los que se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.
De manera que seré yo, sabiondo demiurgo de la tercera persona o metomentodo narrador externo y omnisciente, quien le eche un cable a Preciosa, bueno, a las dos, también a Cristina, en esto de explicar brevemente qué había de particular y extraordinario en el film que vieron: La bola negra. Con la venia.
A lo cual contribuye en no poca medida el copioso plantel de actores, tanto principales como secundarios, cuyas fisonomías rudas, deformes, grotescas, formidablemente expresionistas, rememoran el mundo que quiso revivir Pasolini. La bola negra se desplaza desde el Albaicín lorquiano hasta la ruinosa y solanesca universidad de Comillas, recorriendo la distancia que media entre la España que no pudo ser y la España disecada de hoy.






