📹 Video: Unos zapatos grandes, negros y lamidos que no saben dónde pisan, pero sí por dónde caminan, quiebran el espejo de un charco que repite la arrebolada violencia del crepúsculo. La alta y rumorosa copa de una acacia urbana fisgonea la imposible intimidad de la ventana de un piso compartido. Un siamés idolatrado practica parkour en el balcón del ático. Máximo Centella declina el brazo lazarillo de su amigo Patricio de Iberia. El bastón subraya de blanco la tronante voz del ciego:
«Mira, Patricio, no te pongas asertivo, que sabes que lo políticamente correcto me repatea el hígado. Si con la ayuda del cacharro ese vas a seguir describiéndome el ambiente de la revuelta en Paris, hazlo, pero sin meter de extranjis tus críticas y vituperios. Virgen Santa, la barrila que me estás dando con lo del vandalismo, el caos y la anarquía. Desde que la sangre de tu sangre sacara plaza en la benemérita institución fundada por el Espadón de Loja, hay que ver el cariño que te ha entrado de golpe por el orden y la ley. Y no le bajes volumen, coño: para una cosa en la que uno no precisa de intermediario… ¿No la sientes? Es la algarabía número nueve de Beethoven».
La pareja se detiene a la altura de una óptica cuyos espejos mal azogados desdibujan la esperpéntica escena de dos miserables que gastan en salvas retóricas la negra pólvora del descontento. Uno se mira. El otro se oye.
«¿Es que todavía no te has dado cuenta Patricio del milagro que supone el hecho de que una enorme muchedumbre de hijos únicos descubra así tan de repente la fraternidad? Se diría que a todos los ha parido la explotación o, mejor, que son el parto múltiple de una violación. La verdadera violencia se ejerce a cencerros tapados. ¿O no hay acaso violencia en la precariedad laboral de un falso autónomo, o en los 700 euros mensuales de alquiler por una habitación de mala muerte, o en los trasteros de niños abandonados que son las guarderías, o en los cementerios en vida que son los asilos, o en no saber hacer la o con un canuto formado por el título de bachiller o graduado, o en la lenta putrefacción de las listas de espera hospitalarias, o en cómo se despuebla el campo, o en cómo se pulverizan las relaciones de vecindad? Tú solo ves violencia en los últimos arreones del toro cuando le han hundido el yerro hasta la golilla. Pero tranquilo, Patricio, ya se acercan los banderilleros, cachete en mano, para darnos la puntilla»..






