Me llamaba Sean Maverick o algo así por el estilo. No lo recuerdo bien porque tan solo oí mi nombre una vez en lo que la jarca conectada por videoconferencia me canturreaba el cumpleaños feliz y yo soplaba dos velas, una en forma de 2 y otra de 3, que hacían más bulto que la tarta de queso Fit en AirFryer que me había regalado la dirección de la Residencia del Sagrado Corazón. No obstante, apenas probaba bocado. Sentía como arcadas. Llevaba unos días con mal cuerpo, se conoce que no debía de andar muy católico del manipura o chakra del plexo solar. O puede que fuera sencillamente mi reacción de angustia frente a la incertidumbre de la vida y las amenazas reales que se ciernen sobre la esperanza de encontrar trabajo y vivienda de un joven que se halla a un paso de cosechar el apetecido doble grado en Ciencias Políticas y Periodismo.
En su puñetera vida mi verdadero padre se habría dejado la salud trabajando en esas mares para tirar los cuartos en pagarme el estudio de esas dos carreras que, a su juicio, habían de dejarme menos porvenir económico que el rasguear la guitarra, amaestrar un perrillo y pasar la gorra por esas calles y plazas de Dios, pero este otro padre tenía mejor cubierto el riñón y, cómo decirlo, se mostraba más emocionalmente inteligente, más sabiamente comprensivo, más abierto y más dialogante conmigo, de suerte que soltaba la mosca sin rechistar y nunca ponía mala cara a mis determinaciones académicas, fueran estas cuales fueran. A él, a este padre onírico y azul, debía además que ese tal Sean Maverick, o sea, yo, cobrara un miedo enfermizo a la calle, una especie de agorafobia inducida que convertía cualquier salida en un auténtico descenso a los infiernos. Gracias al trampantojo de internet, las redes sociales y las plataformas televisivas en streaming, satisfacía sobradamente esas necesidades comunicativas del ser humano que, como oyó decir a su creador de contenido predilecto, no puede definirse como un animal político sino una criatura cuyo karma evoluciona hacia la perfección individual…
Justo en este punto de la pesadilla me desperté. Qué alivio. Abriendo los ojos me libré de un plumazo de este personajillo que empezaba a agobiarme. Fue mala idea irme a la cama con la décima edición del informe Jóvenes españoles 2026 elaborado por el Observatorio de la juventud de la Fundación SM. Por ver si se me pasaba, salí a darme un garbeo por mi barrio.





































