Llovía, ¡válgame Dios! Don Buenaventura Ardilla Cienfuegos eligió la mañana para estrenar ropa y calzado. Sí, eran dos gotas marranas, no digo que no, pero caía del cielo el agua suficiente para echar a perder la liviana gamuza de su chaqueta retro y la piel vuelta de sus mocasines con herraje. Lucir nuevo modelito en fechas señaladas —y esta sin ninguna duda lo era— constituía en la estirpe de los Ardilla y no digamos en la de los Cienfuegos, una inveterada costumbre que, inspirada en el símbolo de la serpiente, significaba algo así como una purificación del alma, una renovación del espíritu o, dicho con menos grandilocuencia, una zafadura del hombre viejo para alumbramiento del nuevo. Un alarde pagano, vamos.
Con todo, nuestro personaje no lamentaba tanto el mal tiempo por el daño que pudiera ocasionar en su indumentaria, el dinero para costearla va y viene, cuanto por haber sido el motivo de suspensión de la procesión de la Virgen del Mar hasta la plaza Vieja. «Habrase visto: visitar a nuestra Señora Patrona de Almería en una iglesia, cuando su lugar natural es la santísima calle», exclamaba para sí harto contrariado don Buenaventura, quien se arrogaba el derecho inalienable a pontificar sobre cuanto atañera a la talla de la Reina del Mar, desde la bendita noche en que su padre, don Pedro Ardilla Calderón, le confesó in artículo mortis que en agosto del 36 había sido uno de los milicianos de la FAI que registrara el domicilio particular de don José Pérez Gallardo y que al toparse con la imagen vestida de civil apilada con otros tantos muñecos y cachivaches en el hueco de una escalera, hizo la vista gorda y no dijo ni pío a esa horda de jacobinos incendiarios de sus colegas, los cuales trabajaban sin saberlo en beneficio del enemigo en cuanto que se afanaban en desacralizar el espacio público a fin de recluir la experiencia de la fe a la morada burguesa de la conciencia individual, cosa que, por cierto, nunca logró hacer la Iglesia Católica por más que se «protestantizara» en los últimos siglos.
Don Pedro desveló asimismo que era un bulo lo del disfraz de flamenca de la virgen y que el único adorno gitano que vio fueron los faralaes de las llamas que quemaron el santuario. Para don Buenaventura la virgen era, pues, como de la familia y solo por eso estaba dispuesto a hacer de tripas corazón y tragarse en su honor una misa, así no pudiese ver un clérigo ni en pintura.





































