Regresamos con un nuevo capítulo de la crónica negra de Almería. Esos crímenes que han quedado en la memoria colectiva y que aún, hoy en día, siguen sumidos en el misterio. Crímenes, que como el de hoy, continúan sin resolverse y sin que las víctimas y sus familias conozcan la justicia. Éste, además, quizás nos conmueva aún más que los anteriores, porque su cercanía en el tiempo y por la arbitrariedad de la muerte.
El crimen de Cabo de Gata.
Aquel 16 de noviembre de 2011, Tomás Martínez repitió la misma rutina de cada mañana desde que se jubiló. Se levantó temprano, cogió las cañas, el cebo y cargó todo en el coche. A las 6.20 horas paró a tomar café en el bar Los Delfines, en Almería, que está al lado de su casa. Tras despedirse de sus amigos, condujo su Peugeot 205 hasta Cala Rajá, en Cabo de Gata, donde acostumbraba a ponerse en un saliente del acantilado para lanzar la caña. Había buena pesca allí. Sargos, doradas y de vez en cuando alguna lubina para la cena.
A las 12.50 horas de aquel 16 de noviembre de 2011, una patrulla de la Guardia Civil encontró el cuerpo sin vida de Tomás Martínez. Le quedaban cinco días para cumplir 75 años. Junto a él, hallaron el túper de quisquillas, los volantines y otros aperos. Pero faltaba su coche. Los agentes tuvieron claro desde el primer minuto que había sido una muerte violenta porque presentaba un fortísimo impacto en la parte posterior de la cabeza con una piedra de grandes dimensiones que se localizó en el lugar. Le habían destrozado el cráneo.





































