No quiero que hables mal de tu padre. Puede parecer un vivales, no digo que no, pero tú vives así de bien gracias a que él obra y procede como obra y procede. Mira muchacho, a ver si te caes por fin del nido y te enteras de una puñetera vez de que tu viejo no es un cínico ni circula a contramano por la desierta calle de la moralidad cuando en los gaudeamus con los colegas de despacho hace gala de su inmaculado ateísmo mientras que, por otro lado, te matricula a ti cada año en los Hermanos Claristas del Monte Caramelo, soltando sabe Dios cuántos machacantes en concepto de “aportación voluntaria” para costearte: que si el comedor, que si el no va más de los proyectos pedagógicos más abracadabrantes y que si otras prestaciones complementarias de dos yemas indispensables en la instrucción del delfín. Así que no te rasgues el Lacoste ni te meses el bozo porque la conducta de tu progenitor muestre algunas incongruencias de poca monta. ¿No cabalgaba contradicciones el Coletas? Pues figúrate tu padre y yo, que andamos enfangados hasta las cejas en el mundo de la abogacía y las finanzas.
Escucha a tu padrino, Alfonso. ¿Te pido otro Aperol spritz? Como quieras. Pues bien, lo primero que debes saber es que en tu instituto el Espíritu Santo tiene el vuelo de una paloma disecada. La fe no es privada, ni puede serlo. Solo en los ámbitos desahuciados de la mano divina instala el dinero la privacidad. Esa dicotomía público-privado no es en puridad sino fruto de la desacralización del poder operada en la Edad Moderna por la burguesía y su alter ego: el estado. Así como una hija hace madre a la mujer que la parió, así lo privado convierte en público la ancestral indiferencia política que precede a esa división. Por otra parte, lo privado se concierta en lo público, es decir, necesita publicarse para definirse y descollar, de la misma forma que una piedra de diamante precisa de un lienzo de terciopelo negro para resaltar sus cualidades ante otras piedras. Sobra añadir que los diamantes importan más que la tela.
Dicho esto, me entenderás si ahora te digo que tu función en el instituto no es vivir la fe cristiana, ¡lagarto, lagarto!, ni tampoco ser más sabio o competente. Tu misión es la de exponerte y darte a conocer a otras joyas de la clase media y alta, cosa que sería imposible si el centro educativo gracias a su fórmula concertada antes no hubiera cribado los pedruscos de arrabal.





































