Reconozco que este es un homenaje muy personal a un hombre que he admirado durante años y falleció hace apenas unos días. Su historia, pude conocerla hace años, cuando solía veranear en la Garrotxa y Olot era la ciudad donde aprovisionarse antes de perdemos por aquella maravillosas rutas. Fue allí donde un conocí los famosos yogures de La Fageda, si la memoria no me falla, de crema catalana. Recuerdo que me aficioné mucho a la marca e incluso solía bajarme un buen suministro porque en Almería no resulta fácil de encontrar. Un día, mientras conversaba con la dueña de la tienda a la que prácticamente la dejé sin existencias de postres de crema catalana de La Fageda, esta mujer me explicó la historia de aquellos postres y yogures que tanto me gustaban. Una historia tan fantástica que al principio no podía crearla, pero que resultó totalmente cierta e incluso mucho más extraordinaria de lo que me dio a entender.
Vivimos una época pródiga en héroes de escaparate. Deportistas que ganan una final, cantantes que llenan un estadio, cocineros que salen en televisión o empresarios que aparecen en las portadas porque han inventado una aplicación capaz de decirnos, con inteligencia artificial y una cuota mensual, si debemos llevar paraguas. Durante unos días se habla de ellos como si acabaran de descubrir América o la cura del cáncer. Después llega otro campeonato, otro concierto, u otro bad bunny para castigarnos los oídos y otra historia que desplaza a la anterior. Es el mecanismo habitual de la fama: mucho ruido, bastante luz y una memoria cada vez más corta.
Cristóbal Colón Palací pertenecía a otra clase de héroes. No llevaba dorsal, no cantaba -aunque más que cantar algunos dan el cante – ante miles de personas y tampoco le importaba. Su ego no necesitaba que nadie coreara su nombre. Hacía lo que había que hacer. Sin más.





































