Ya estamos en verano, pasado el solsticio de verano y San Juan, podemos decir -y hasta gritar-que ya es verano. Han acabado las clases en muchos ciclos formativos, otros están a punto de hacerlo, y como siempre la Universidad, esa querida alma mater a la que nos encantaría volver. De hecho, a muchos, si nos llegan a preguntar, nunca hubiésemos querido dejarla. Continuar de estudiantes toda la vida. Pero la naturaleza es muy tiránica en cuanto a sus leyes se refiere y no queda otra que crecer, madurar y dejar atrás la anarquía de aquellos veranos.
Sin embargo, cuando llegan estas fechas, algo de aquellos tiempos regresa. Personalmente, es casi lo único del verano que me gusta. Ese reencuentro con la familia, con los amigos, las largas tardes disfrutando de la terraza y el revivir de aquellos veranos de vino y rosas. Todo lo demás del verano, el calor, los turistas y la masificación, os lo regalo. Es más, hasta pagaba porque os lo llevarais a otra parte.
Pero son los signos de los tiempos y nuestra bella tierra se verá inundada de esa plaga en chancletas y bañador que todos los años crece como hierbas no deseadas en nuestras playas. Sin embargo, aún es posible resistir en algunos rincones, de los que no voy a hablar mucho, no sea que se contagien de la epidemia estival y se pueblen de guiris.





































