Fuese por la exultante emoción rayana en euforia que suscitaba en él presenciar el debut de la selección española en el mundial de fútbol justo desde un asiento bajo de la sección 115 del Mercedes Benz Stadium aledaño al banderín de córner, fuese por la sensación de majestuosidad que inspiraba la cúpula retráctil, la cual así cerrada semejaba la bóveda estrellada de un templo medieval, fuese por el poder hipnótico que ejercían las imágenes proyectadas en la gigantesca pantalla led que circundaba como tambor la estructura, fuese por la grata temperatura mantenida por el sistema de climatización del estadio, 19 grados de gloria bendita, fuese por el ambiente jovial de ambas aficiones, o fuese, en fin, por todo ello junto y revuelto, el caso es que hormigueó de abajo arriba el espinazo de Próspero Guevara Portillo un recalcitrante escalofrío patrio cuando oyó a la hinchada roja corear los sones de la Marcha Real con la socorrida jitanjáfora en que al remate ha venido a cristalizarse el espíritu de consenso político del régimen del 78: lolo, lolo, lololo, lolo, lolo, lololó, loló, lololo, lololó; lolo, lololo, lololo, loló, loló, loló, loló, loló, loló, looolooooo.
Desde que había mudado su residencia a Andorra, el españolazo de Próspero podía darse el lujo de dilatar el tiempo que dedicaba al año a complacer a Tristán, su ojito derecho, en su capricho de asistir a los acontecimientos deportivos más importantes del mundo, si bien el crío no pareciera disfrutarlos luego y, como ahora, no levantara la vista del móvil durante todo el partido. Tristán no sentía ni chispa los colores, de hecho, iba ataviado con la camiseta azul de la selección de Curaçao; y, a decir verdad, Próspero cada vez menos, pues se olía que, desprovistas de sustancia popular y soberanía política, las naciones ya no eran más que un mito caduco que tenía los días contados y que, como bien afirmaba su hijo, podrían elegirse como se elige una vestimenta.
España decepcionó además en el juego. Un equipo lento, mediocre, desangelado, con un Pedri neutralizado en el borde del área rival, carecía de redaños para hacer un butrón en la tupida defensa de Cabo Verde. Atrás, un grupo, también formado probablemente por otros evasores fiscales, cantaba con melopea de kalinka: yo soy es-pa-ñol, es-pa-ñol, es-pa-ñol. Por un momento, Próspero creyó ver en la marea roja un fiel reflejo del rubor que le encendía el rostro.





































