Los blancuzcos y oxigenados perdigones que al berrear despedían los labios pintarrajeados de doña Cornelia menudeaban sobre el escritorio de la señorita Meseria, meritoria del bufete de abogados Benito Crespo, especialistas en divorcios y separaciones. Del portazo se escoró el cuadro de San Raimundo de Peñafort, quien, surfeando el mar sobre su capa, parecía bajar una ola en el aire. Con todo, aún se oía desde el rellano y luego por el hueco del ascensor: ¡Y en esta mierda de consulta he tirado ciento veinte euros! Dos telediarios y la inteligencia artificial os condenará a todos a vivir bajo un puente. Si no, al tiempo. ¡Digo, ciento veinte euros en esta mierda!
A la pasante le vino al pelo tener listos y ordenados los estados de cuenta, los recibos de nómina y las facturas para el cálculo de una pensión alimentaria de un cliente, pues con ellos se ahorraba buscar excusa para poder entrar en el despacho del jefe y a la sazón obtener de él un relato que rascase su curiosidad. El letrado estaba locuaz y aun agradeció la visitación de Meseria para exponer su alegato final de la escena.
Según el abogado, la consulta no se alejó un punto de la normalidad hasta que doña Cornelia, quien había contraído nupcias en la primera semana de julio, se enteró de que aún tenía que esperar a que concluyera el mes de septiembre para iniciar legalmente los trámites del divorcio. No había pasado una semana de la vuelta de la luna de hiel en Sri Lanka y las islas Maldivas, cuando el recién estrenado matrimonio ya decidió salpimentar la relación con el frecuente intercambio de parejas, en la última de cuyas camas redondas ella vio con pasmo cómo su cónyuge mudaba la acera y le robaba un morenazo de aquí te espero, dejando a las dos mujeres con tres palmos de narices.
Doña Cornelia montó en cólera cuando don Benito le pidió que tuviera un poco de paciencia y aguardase cosa así de dos o tres meses más, dado que andaba harto saturado: Hágase cargo de que para un abogado los divorcios en septiembre son como el Día de los Santos Difuntos o San Valentín para un florista. Sin embargo, lo que doña Cornelia no pudo resistir, concluyó el abogado, es que le advirtiera de que, no habiendo niños de por medio, se olvidase de cobrar una pensión compensatoria y que el préstamo hipotecario que había firmado con el interfecto no se disolvía con el divorcio.
Las bodas con los bancos son católicas.





































